La vitivinicultura argentina atraviesa una reconversión estructural para enfrentar un problema que golpea a toda la cadena productiva: el consumo interno per cápita de vino cayó 22% en los últimos cinco años, hasta ubicarse en apenas 15,7 litros anuales por habitante.
Frente a ese retroceso sostenido, las bodegas mendocinas encontraron en los vinos sin alcohol y de baja graduación una vía concreta para transformar excedentes de uva de alta calidad en productos de mayor valor agregado, capaces de captar a un consumidor cada vez más orientado hacia la salud, la moderación y el bienestar.
El marco regulatorio acompañó ese giro comercial. La actualización de la Ley 14.878 incorporó formalmente las categorías de vino parcialmente desalcoholizado y vino totalmente desalcoholizado, habilitando al Instituto Nacional de Vitivinicultura a autorizar procesos tecnológicos avanzados para elaborar estos productos en el país, un paso normativo que antes obligaba a recurrir a tecnología importada o directamente limitaba el desarrollo local de la categoría.
Dos caminos técnicos hacia menos alcohol
La industria avanza sobre dos frentes tecnológicos claramente diferenciados. Por un lado, la desalcoholización propiamente dicha, que utiliza tecnología de conos rotativos para extraer el etanol de un vino ya elaborado sin alterar significativamente sus atributos sensoriales. Nieto Senetiner consolidó de esta forma la primera línea completa de vinos sin alcohol del país, con tres etiquetas elaboradas a partir de uvas del Valle de Uco que se suman al Brut lanzado en 2025, alcanzando apenas 20 calorías por copa.
El segundo camino evita cualquier intervención tecnológica posterior: la cosecha anticipada. Al recolectar la uva cuando todavía conserva niveles bajos de azúcar, el proceso de fermentación genera naturalmente menor graduación alcohólica, entre 6% y 9,5% frente al 13% habitual de los varietales tradicionales, conservando mayor acidez y frescura aromática. Bodegas como Rutini Wines, con su línea Trumpeter Low, Bodega del Fin del Mundo y Mauricio Lorca, con su propuesta El Mirador, apostaron por esta ruta, que reivindican como más fiel al perfil original del terroir mendocino al no requerir procesos de extracción artificial.
Un consumidor que no abandona el vino tradicional
Lejos de representar una amenaza para el negocio central de las bodegas, los estudios de mercado muestran que el 93% de los consumidores de vino sin alcohol también consume bebidas con graduación tradicional, alternando ambas opciones según el momento del día o la ocasión social. Ese dato resulta clave para la estrategia comercial del sector: la categoría no canibaliza las ventas históricas, sino que amplía las ocasiones de consumo y capta a un segmento de compradores que antes directamente optaba por no tomar vino.
Una tendencia global con anclaje local
El fenómeno acompaña una corriente internacional de bebidas "alcohol free" en pleno crecimiento, pero adquiere en Mendoza un signo particular: bodegas de distintas escalas, desde grandes jugadores como Nieto Senetiner hasta emprendimientos cooperativos como La Riojana con su Tilimuqui Espumante Zero, coinciden en que la clave del éxito pasa por conservar la identidad varietal y el terroir, evitando que la ausencia de alcohol se traduzca en pérdida de complejidad sensorial. Con el respaldo normativo ya consolidado y una oferta cada vez más diversa en el mercado, la industria vitivinícola argentina apuesta a que esta categoría emergente se convierta en un pilar de crecimiento de mediano plazo, capaz de compensar la caída sostenida del consumo tradicional sin resignar la identidad histórica del vino mendocino.













