Un estudio publicado en la revista Neurology, de la Academia Estadounidense de Neurología, reabrió el debate sobre la inocuidad de los edulcorantes bajos o sin calorías, al asociar su consumo prolongado con un deterioro más acelerado de la memoria y las funciones cognitivas.
La investigación, la más extensa y prolongada realizada hasta ahora sobre este vínculo, siguió durante ocho años a 12.772 adultos brasileños, con una edad promedio de 52 años, dentro del Estudio Longitudinal de Salud del Adulto de Brasil. Los participantes completaron cuestionarios validados de frecuencia alimentaria y se sometieron a evaluaciones cognitivas estandarizadas en tres momentos —2008-2010, 2012-2014 y 2017-2019— que midieron fluidez verbal, memoria de trabajo, velocidad de procesamiento y recuerdo de palabras.
Seis sustancias bajo la lupa
El equipo, liderado por la geriatra Claudia Kimie Suemoto, de la Universidad de São Paulo, cuantificó la ingesta de siete edulcorantes: aspartamo, sacarina, acesulfamo K, eritritol, xilitol, sorbitol y tagatosa. El sorbitol resultó ser el de mayor consumo diario, con un promedio de 64 miligramos.
Los participantes se dividieron en tres grupos según su ingesta total: el de menor consumo promedió 20 miligramos diarios, el intermedio 66 miligramos y el de mayor consumo llegó a 191 miligramos, una cantidad comparable a la que contiene una sola lata de refresco light. Quienes se ubicaron en ese tramo superior mostraron un deterioro cognitivo global un 62% más rápido que el grupo de menor ingesta, equivalente a 1,6 años adicionales de envejecimiento cerebral; el grupo intermedio registró una caída 35% más acelerada, equivalente a 1,3 años. De los seis edulcorantes evaluados individualmente, todos —menos la tagatosa— se asociaron a un declive más rápido de la cognición global y la memoria.
Un matiz relevante para la práctica clínica: el vínculo se observó con claridad en menores de 60 años, pero no se replicó en el grupo de mayor edad, y fue considerablemente más marcado entre las personas con diabetes, que suelen depender de estos sustitutos con mayor frecuencia.
La propia autora principal fue enfática en delimitar el alcance del hallazgo: se trata de un estudio observacional que identifica una asociación, no una relación de causa y efecto. Entre las hipótesis en evaluación figuran posibles efectos neuroinflamatorios o metabolitos derivados de estas moléculas que podrían resultar tóxicos para el tejido cerebral, aunque el propio equipo reconoce que se requiere investigación mecanística adicional para confirmarlo.
Una industria de varios miles de millones de dólares
El hallazgo llega en un momento de expansión sostenida para la industria de edulcorantes. El mercado global del sector se ubica en torno a los 137.000 millones de dólares en 2025, con proyecciones de superar los 200.000 millones hacia 2034. Solo el segmento específico de edulcorantes artificiales —aspartamo, acesulfamo K, sacarina, sucralosa y neotamo, entre otros— ronda actualmente los 7.800 millones de dólares y crecería a un ritmo anual cercano al 4%, impulsado por bebidas, panadería, confitería y lácteos, categorías donde estas moléculas ya están presentes en más del 60% de los productos ultraprocesados del mercado.
Para la industria alimentaria, el desafío que plantea este tipo de evidencia no es menor: los edulcorantes bajos en calorías se comercializan históricamente como la alternativa segura frente al azúcar para el control de peso y el manejo de la diabetes, justamente el perfil de consumidor donde el estudio detectó el mayor riesgo cognitivo. Asociaciones del sector, como la International Sweeteners Association, ya señalaron que los resultados no permiten establecer conclusiones firmes, en tanto la comunidad científica insiste en la necesidad de ensayos controlados que permitan distinguir correlación de causalidad antes de modificar las recomendaciones de consumo vigentes.













