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La pérdida de biodiversidad pone en jaque la cadena alimentaria

Latinoamérica Bioseguridad

Las poblaciones de vertebrados monitoreadas en el planeta se redujeron en promedio 73% durante los últimos 52 años, y en los ecosistemas de agua dulce el retroceso alcanzó 85%, según el Informe Planeta Vivo del WWF.

La cifra mide la evolución de las poblaciones estudiadas, no la desaparición de ese porcentaje de especies, pero basta para colocar el tema en el centro de la COP17 del Convenio sobre la Diversidad Biológica, que reúne esta semana en Ereván, Armenia, a delegaciones de cerca de 200 países.

Para la industria alimentaria, el mensaje es directo: su materia prima depende de procesos naturales que se están debilitando. Más del 75% de los tipos de cultivos alimentarios requiere, al menos en parte, de polinizadores como abejas y murciélagos, y esos cultivos suman hasta 35% del volumen agrícola mundial. Entre 5% y 8% de la producción global, con un valor de mercado de entre 235,000 y 577,000 millones de dólares al año, se atribuye directamente a la polinización animal, y los cultivos que la necesitan suelen cotizar a precios más altos.

América Latina conoce bien esa ecuación. Café, cacao, aguacate, tomate y fresa figuran entre los cultivos que dependen de estos insectos. En Costa Rica, las plantaciones de café cercanas a bosques pueden ser hasta 20% más productivas, y un estudio reciente en la Amazonía peruana midió que las abejas nativas sin aguijón elevan 24% la formación de frutos del cafeto y aportan más de 750 dólares adicionales por hectárea.

El agua es otro eslabón crítico. Entre 1700 y 2000 desapareció cerca de 85% de los humedales, ecosistemas que filtran el agua, amortiguan inundaciones y sostienen hábitats. Su deterioro afecta la calidad de los recursos hídricos y eleva los costos de tratamiento, un factor sensible para las plantas procesadoras de alimentos y bebidas que dependen de un suministro confiable.

En el mar ocurre algo similar. Los arrecifes de ostras han disminuido alrededor de 85% a escala global, y un ejemplar adulto filtra hasta 190 litros de agua al día, además de proteger costas y dar refugio a otras especies, un dato relevante para la acuicultura y la pesca costera.

Louise McRae, investigadora de la Sociedad Zoológica de Londres, advierte que los efectos trascienden fronteras, porque muchos países dependen de importaciones agrícolas cultivadas en ecosistemas de otras regiones. Ese escenario expone de manera particular a una región exportadora neta de alimentos como la latinoamericana.

La biodiversidad también alimenta la investigación farmacéutica. Según la Organización Mundial de la Salud, cerca de 70% de los medicamentos contra el cáncer procede de productos naturales o de compuestos inspirados en ellos, y cada especie que desaparece cierra la puerta a sustancias que aún no se han estudiado.

No todo es retroceso. Las tortugas verdes se han recuperado gracias a la protección de sus playas de anidación y a prácticas pesqueras que reducen las capturas accidentales. Las nutrias marinas del Pacífico estadounidense, diezmadas por la caza comercial en el siglo XIX, volvieron a controlar la población de erizos de mar y permitieron regenerar bosques submarinos de algas.

Rebecca Shaw, científica jefa de WWF, subraya que el desafío es llevar esas experiencias locales a una escala que se refleje en los indicadores mundiales. La COP17 evaluará, precisamente, los avances hacia el compromiso de detener y revertir la pérdida de biodiversidad antes de 2030, una meta para la cual los resultados alcanzados hasta ahora siguen siendo insuficientes.

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