El polvo de té verde dejó hace tiempo de ser un producto de nicho para convertirse en uno de los ingredientes de mayor tracción comercial de la industria de bebidas, su color intenso, su versatilidad para servirse frío o caliente y su asociación con hábitos de bienestar lo instalaron en cafeterías, restaurantes y redes sociales como alternativa directa al café.
Pero detrás de la tendencia hay una cadena de producción milenaria que hoy no logra seguirle el ritmo a la demanda global, el matcha tradicional se elabora con hojas de tencha, cultivadas bajo sombra, cocidas al vapor y secadas sin enrollar, según los estándares que fija el organismo agrícola japonés. Tras retirar tallos y nervaduras, las hojas se muelen hasta obtener un polvo fino que, a diferencia del té convencional, se incorpora entero a la bebida en lugar de retirarse por infusión.
Esa diferencia de proceso es clave: quien toma matcha ingiere la hoja completa, no solo lo que el agua logra extraer de ella, esa particularidad explica buena parte de su perfil bioactivo, El matcha concentra polifenoles —especialmente catequinas como la EGCG—, cafeína y L-teanina, un aminoácido poco frecuente en otros alimentos.
Una revisión científica publicada este año encontró resultados prometedores sobre su posible vínculo con la atención, el metabolismo y la salud cardiovascular, aunque advirtió que los estudios clínicos en humanos todavía son limitados y presentan diferencias metodológicas relevantes en dosis y formas de consumo.
La combinación de cafeína y L-teanina puede favorecer el estado de alerta sin el pico de ansiedad típico del café, aunque la respuesta varía según la sensibilidad individual y la cantidad ingerida. En términos de cafeína, una preparación de dos gramos de matcha aporta entre 60 y 70 miligramos, una cifra intermedia entre el té verde convencional y un café filtrado.
El correlato comercial de ese boom es contundente, el mercado global de matcha se valuó en unos 4,610 millones de dólares en 2026 y se proyecta que alcance 7,150 millones hacia 2030, con una tasa de crecimiento anual cercana al 11.6%. Solo el segmento de consumo hogareño pasó de 130 millones de dólares en 2023 a 200 millones en 2025, con proyecciones de duplicarse hacia 2030, según datos de operadores especializados del sector.
El problema es que la oferta no acompaña. Japón produjo un volumen récord de tencha en los últimos ciclos, pero la demanda —impulsada por el turismo, las redes sociales y el consumo de bienestar— generó una escasez estructural sin precedentes, las subastas de tencha de primera cosecha en 2026 marcaron máximos históricos: el precio en Kioto llegó a rondar los 13,972 yenes por kilo, mientras que en Kagoshima superó los 19,000 yenes, con subas interanuales de hasta 60% en algunas regiones.
Factores estructurales como las olas de calor extremo, el envejecimiento de los productores rurales y la falta de recambio generacional en Uji —la región de mayor prestigio para el cultivo— restringen la capacidad de expansión, mientras China, el mayor productor mundial de té, redirige cada vez más superficie hacia el matcha sin lograr igualar todavía la calidad ceremonial japonesa.
Ese desequilibrio entre oferta y demanda posiciona al matcha como un caso de estudio para la industria de bebidas: un producto con base científica sólida en su composición, una cadena de suministro tensionada al límite y un consumidor dispuesto a pagar precios crecientes por un ritual que, hasta hace pocos años, era prácticamente desconocido fuera de Japón.













