Antiquísima, le cerveza precedió a la llegada de Cristo. Surgió en la
Mesopotamia como resultado de la fermentación espontánea del trigo. En
Babilonia llegaron a producir una amplia variedad, incluso saborizadas con
miel.
Y fueron los egipcios quienes sustituyeron el trigo por la cebada. Tanto griegos y romanos como los pueblos nórdicos brindaban con cerveza para celebrar sus triunfos bélicos. Un hito importante: en 1516, el Duque de Baviera Guillermo IV firma la primera ley de pureza de la cerveza con 3 únicos ingredientes: cebada malteada, agua y lúpulo. La levadura se sumo después, tras los estudios de Louis Pasteur. Esos ingredientes son los que se usan hoy en día.
El 95 por ciento de la bebida es agua, la levadura le da vida y el lúpulo es el condimento.
Detengámonos en el malteo. Es el proceso por el cual el almidón de la cebada se convierte en malta, maltosa o azúcar. Además, es muy importante el tostado del grano porque incidirá en el color de la cerveza y en su sabor final. Cada fábrica elige y guarda celosamente los tiempos de este proceso.
ALE Y LAGER Las cervezas se dividen en dos grandes grupos según el tipo de fermentación: las Ales y las Lagers. Las Lagers son las que más consumimos en la Argentina, las rubias que se ven en los mercados. Son de fermentación rápida y las levaduras flotan en la superficie, no se almacenan o guardan, y precedieron a las Ales. Su característica principal es la refrescancia, lupulizadas y de amargo tenue, se consumen más frías, entre los 7 y 10 grados, aunque acá estemos acostumbrados a beberlas más frías aún. Pero si la cerveza está muy fría pierde aromas y sabor.
Las Ales o negras vienen ganando terreno gracias al esfuerzo de las grandes marcas y de los productores artesanales más pequeños.
Son de fermentación lenta, se almacenan aproximadamente 3 semanas y pueden acompañar platos más complejos. Suelen ser menos carbonatadas y con más cuerpo y volumen en boca.
Hay también cervezas de trigo en otros países y algunos exponentes en la Argentina. Por último, las cervezas trapenses o Trappist son de estilo ale, fuertes, y se producen en 7 monasterios trapenses autorizados, 6 de ellos en Bélgica y 1 en Holanda. A menudo se embotellan con azúcar y levaduras residuales y, por lo tanto, experimentan una segunda fermentación en botella (proceso conocido como “maduración en botella”).
Si bien hasta hace unos años se creía que cervezas había pocas, la tradición y la historia demuestran que hay una gran variedad y que, además, son exquisitas para combinar con diferentes platos y estilos de comidas.
Clarín


























